Entrega de proyectos. Última oportunidad para aprobar.
Proyectos es una asignatura que da igual la nota que saques en trabajos previos, que si sacas una buena nota en el final aprobarás. O no. Es una asignatura que si tienes mala nota en el primero pero un poco mejor en el segundo, un 4.5 en el siguiente y en el último un 5 puede que apruebes. También se dice que una vez hubo una chica que suspendió todo con un 4 y en el último sacó un 8 y aprobó la asignatura. Otros cuentan que, tras un año de dedicación y entrega, sangre, sudor y lágrimas, otro no pasó del 3 y fue a junio. A veces en Junio si ve que te has esforzado y has evolucionado, fijo que te aprueba. O igual tampoco. Igual aunque te hallas esforzado, tiene que haber un número de suspensos y te ha tocado estar dentro. Chica depende del nivel de la clase. No, depende de tu nivel. Depende de tu evolución personal. ¡Que va! si solo depende de la nota del último trabajo. Una amiga de la amiga de la sobrina de mi prima que hizo arquitectura sacó todo 5 y en el último sacó un 4,5 y fue a junio. Créetelo. Chicas el de grupo no sirve para nada, pero, ¡Si suspendes no podrás aprobar jamás!.
Y así.
Esto y mucho más es proyectos para los veteranos de guerra, pero por favor, ¿que es proyectos?.
O mejor dicho, ¿como se aprueba?, ¿conseguiré salvarme si apruebo el último si solo he sacado 4.5 en los anteriores?. ¿Conseguiré aprobar si he suspendido todo?. Para esa si que tengo respuesta. Lo siento, no.
Me gustaría decir que yo tengo las respuestas a vuestras preguntas, pero no. Es un arte complejo.
Tantas historias se cuentan y tantas leyendas que al final vas a proyectos como si estuvieras haciendo popping. Por episodios y convulsiones. Bloqueo mental.
Pero los que si tienen las respuestas son los profesores:
En el número uno tenemos la de "te he suspendido por que todavía te hace falta un poco más para sacar más del cinco. No quiero que saques solo un cinco, quiero que saques más. Estabas aprobada pero es que me da pena que pudiendo hacer un poco más, lo hagas mejor ". A mi no me da ninguna pena.
"Todavía te falta ese punto de definición de la idea", "dale la vuelta, que la planta sea la sección, a ver qué pasa", también está la de "te doy la oportunidad de mejorar un proyecto. (Así sientes que has intentado aprobar por todos los medios)".
Al final parece que te están leyendo las normas de un programa de antena tres donde te juegas 100000 euros, solo que en este caso te juegas volver a pagarlos.
Con esta presión proyectamos diariamente. El aprobado. El 5. Es el número más cotizado. Una diferencia de una décima puede hundirte en lo más profundo del abismo de los suspensos.
Cuento esto por que es necesario entender que luego ocurren cosas como: Tia, llevo tres días sin dormir, no he comido más que galletas y aún no he ido al médico por que no tengo tiempo.
Dormir es de cobardes, yo con tres horitas diarias funciono perfectamente. Tengo que empalmar.
No podré imprimir a tiempo y después no podré entregar a tiempo y me bajará un punto y si me baja un punto ya tengo que sacar un seis para aprobar y no contaba con eso y si suspendo, moriré.
El abc del estudiante de arquitectura. Parece una tragedia, pero los mejores momentos que recuerdo con mis amigas son en esos días de empalmada en la que haces grupo de apoyo aunque el trabajo sea individual para poder aguantar la batalla interna contra el sueño. Nuestro peor enemigo.
Bien. Teníamos la última entrega de mayo y yo había acabado la maqueta, entiéndase también los planos, sobre las cinco de la mañana.
Recuerdo sentirme francamente orgullosa porque nunca había terminado con tanto tiempo de antelación. Y, como bien sabéis, Murphy se percató de que me sobraban horas y decidió poner remedio a la situación.
Me senté en la silla junto la mesa de arquitectura observando mi maqueta como una madre a su hijo recién nacido y pensé, ¿que hago hasta las 8 de la mañana?.
Se entregaba a las 10 am y para llegar a tiempo tenía que levantarme a las ocho.
Entonces pensé en dos posibles opciones: por un lado, me pongo el pijama, me voy a la cama y me pongo el despertador, arriesgándome a que caiga en un profundo sueño embrujado y no despierte hasta que mi príncipe azul me bese, o, me pongo a mirar fb hasta que sea la hora aguantando como una champion y así asegurar que mi trabajo llega a su destino sin contratiempos.
Como soy una persona precavida, decidí ponerme a cotillear las interesantes y descansadas vidas de otros.
Me senté en el borde de la cama y puse el portátil en las piernas y comencé a cotillear.
"AAAAAAAAAHHHHHHH!!!" Ésto fue lo que dije nada más despertarme. Tenía el pelo revuelto y la respiración cortada.
Son las 10 de la mañana y yo no he dormido nada, pensando en tu belleza...Sólo sonaba eso en mi cabeza. Empecé a decir cosas sin sentido y a mirar a todas partes, dando pequeños pasos rápidamente de un lado para otro sin saber qué hacer.
Cogía el móvil y dejaba el móvil con intervalos de un segundo. 34 Llamadas perdidas, 1765 whatsapps y siete señales de humo en mi ventana. Todas ellas venían a decir lo mismo : ¿DONDE ESTAS?.
Me di cuenta de que llevaba el pijama puesto, el portátil en el suelo y me había metido en la cama y todo esto sin recordar ni como, ni cuando, ni ciento volando, ni adios, ni mañana.
Increíble. Murphy se había colado en mi cuarto y me había dormido con cloroformo, me había puesto el pijama y me había quitado la alarma y bajado el volumen del teléfono. Después dejó el portátil en el suelo para incubrirse. Demasiado lejos Murphy. De todas las leyendas sobre proyectos, ésta es la más increíble.
En ese momento entró mi santa madre y tras analizar la situación y formarse la historia me dio un bofetón que me devolvió a la cruda realidad instantáneamente. Lo necesitaba. Fue así como acabó mi despliegue de histeria.
Me puse el abrigo, enrollé los planos y cogí la maqueta. Bajé en el ascensor dando pequeños saltos para que fuera más rápido y me subí al coche.
Arranqué y todo el camino hasta llegar a la universidad parecía una persecución policiaca en Detroit.
Además conseguir ese efecto con la de rotondas que tenemos en Pamplona es bastante sencillo.
En la escuela de arquitectura no se puede dejar el coche, pero hay un hueco de entrada de camiones y coches a otra facultad que está en frente y donde puedes dejar el coche durante unos segundos.
Aparqué allí y, sin cerrar la puerta delantera ni la trasera, salí cogiendo mi maqueta y planos y eché a correr.
Mientras andaba hacia la entrada, vi que mis amigas estaban sentadas en el borde del asfalto tomando el sol, y parecía que levitaban un palmo sobre el suelo con todo el peso que se habían quitado de encima. Eso sin mencionar el aura brillante y cálido que les rodeaba a todas.
Yo, por el contrario, parecía que me habían bajado la saturación al límite y que casi estaba en blanco y negro y, además, las flores morían a mi paso y las hierbas se secaban cuando las tocaba.
De hecho, hubo un momento en el que lancé las oscuras llaves del coche a una de mis amigas para que "hiciera lo que quisiera con él" y recuerdo que en el punto medio de su trayectoria recuperaron su color hasta llegar a sus manos.
En este momento de la historia en la que estoy entrando en la universidad, se produce una cosa más difícil aún que aprobar proyectos: Sacar la tarjeta de la cartera en el bolso para poder pasar por la seguridad de la universidad y todo esto con una maqueta enorme y unos planos que no se pueden ni manchar, ni arrugar.
Además llegando tarde. Muy tarde.
Este proceso sucede bajo la atenta mirada de los pasivos bedeles a los cuales su ética laboral impide pulsar un botón para facilitarte la vida y dejarte entrar sin que pases la tarjeta.
Para mí que el bedel no te abra la puerta cuando vas con prisa y haciendo malabarismos es igual que haya una urgencia y el médico de la sala, tras acreditar su profesión, mire a los ojos de la víctima y la familia, se de media vuelta y se vaya del lugar andando sin prisas y sin ningún tipo de remordimiento mientras la tragedia se desenvuelve a sus espaldas. Un drama.
Entré en la escuela por fin y enfilé las escaleras que me separaban del séptimo cielo.
En ese momento me di cuenta de que llevaba un abrigo negro y corto encima del pijama. Un pijama cuya descripción es francamente necesaria: Pantalones largos, blancos, con lunares de colores por todas partes y una cinta en la goma del pantalón de color rosa que me llega hasta las rodillas. Acompañando a este divertido look llevaba una camiseta azul de manga larga y unas deportivas blancas.
El pelo parecía una bola de pelo de gato y mis ojeras eran indescriptibles.
Llegué al taller y los profesores ya estaban corrigiendo los trabajos. Me puse en la cristalera del taller mirando a mi profesor como un perrito que quiere que lo quieran y con la maqueta en las manos a modo de limosna.
Me hizo una seña y entré en el taller. Dejé mi proyecto donde me indicó y no hicieron falta palabras, su mirada lo dijo todo. Igual el pijama fue lo que, al fin y al cabo, salvó el día. Quién sabe.
Salí aliviada del campo de batalla y cuando estaba bajando las escaleras me crucé con un compañero que acababa de entregar y cometió el desafortunado error de comentarme que tenía la raya de la alomada marcada en la cara.
La historia acaba aquí, pues no me gustaría desvelar el lugar del cadáver.
Eso fue lo que le dijo mi mirada cuando tuvo la desfachatez de decirme aquello. Sin contestarle seguí andando mientras oía su molesta risa cada vez alejarse más. Abrí la cartera, saqué el carné y pasé la barrera mientras fulminaba con la mirada al bedel y salí a la calle sintiéndome un preso que acaba de cumplir su condena y es liberado.
El sol empezó a cegarme y llegué al bordillo de la liberación donde me elevé un palmo sobre el suelo y me uní al proceso de relax y de sintonización de los seis chakras del cuerpo.
Luego tuve proyectos en junio, pero, ¡ese momento a mi no me lo quita nadie!

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