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1000 Maneras de morir.







Una vez topé con un programa de televisión bastante interesante que contaba las 1000 maneras de morir. Cada cual más estúpida que la anterior. Y todas, TODAS, basadas en hechos reales. 

Yo recuerdo estar haciendo una maqueta, cuando escuché la introducción del programa, alcé la vista y pensé: Menuda panda de idiotas. Acto seguido, recordé que yo podría haber salido en una de esas historias. 

Verano del 2008. Por aquel entonces vivía en un pequeño pueblo de Bertizarana llamado Oieregi. 
Es un pueblo pequeño, pero un gran lugar para pasar el verano y encontrar un poco de calma.

Para demostrar que hasta en los pequeños pueblos se puede encontrar adrenalina, mi amiga y yo nos vestimos de blanco, cogimos un par de raquetas, compramos dos botes de pelotas de tenis y nos fuimos al frontón. 
Un frontón de piedra enorme que está en frente de una casa de campo a la orilla de la carretera. 
La historia de este frontón puede que parezca irrelevante, pero la contaré para que juzguéis vosotros mismos.
Hace muchos años, un tío abuelo de mi padre, el tío Juan Pedro (Jean Pierre para los más cercanos), tenía una casa a la orilla del camino principal. 
Todos los ciudadanos vivían felices y comían perdices, hasta que un día, otro risueño lugareño construyó una casa al lado de la de Juan Pedro. 

Todos seguían comiendo perdices, hasta que el propietario de esta casa empezó a fanfarronear de las vistas de su casa."Las mejores del pueblo", decía. Al principio todo era maravilloso y a la gente no le importaba, pero al final, sólo se le oía hablar de sus vistas. Cuando todo el mundo sabe que las mejores vistas de ese pueblo están en el cementerio. Altamente desagradable, a la par que inútil. 

En este pueblo cada cual resuelve sus problemas de la manera más ingeniosa posible, así que Jean Pierre, analizó la situación, y al poseer la tierra justo al lado de su casa, decidió construir un frontón de piedra lo suficientemente grande para fastidiarle las vistas al vecino. Problema resuelto.
Fin de la historia. 

No sé más allá de lo que os he contado, pero supongo que el vecino no estaría dando saltos de alegría después de ésto. 

Muchos años pasaron, volvamos al 2008. 
En un frontón sin red y con nuestro deslumbrante talento para el tenis, acabamos tirando todas las pelotas al jardín de la casa del vecino. 
Cada golpe acompañado, por supuesto, por un profesional grito de tenista, los cuales estuvimos ensayando antes de salir de casa. 

Nos quedamos sin pelotas, y fuimos pacíficamente a llamar a la puerta del vecino para que nos dejara recuperarlas. 
Aunque es una casa reformada, tenía un cierto toque siniestro, y tenía las contraventanas de madera cerradas a cal y canto. Llamamos repetidas veces y al no obtener respuesta, hicimos una reunión urgente para decidir el siguiente paso del equipo. 

Mi hermana también estaba allí, aunque era más espectadora que participante. 
Entre las tres, decidimos que el allanamiento de morada era la mejor opción. Infancia de pueblo. Pilladla si podéis. 

Dicho y hecho. La casa tenía una pequeña era rodeada por un muro de unos 50 cm de altura y de ahí partía una valla de hierro, en la que cada varilla de metal acababa en una especie de cruz de Santiago invertida, la punta hacia arriba. La era tenía dos accesos, uno frontal y uno lateral. Puertas también del mismo estilo de metal que el del muro. 
Nos subimos al muro, pasamos la pierna derecha, la izquierda y dando un pequeño salto, con la agilidad de un lince entramos en la era. 
Sintiéndonos agentes 007, miramos hacia los lados asegurándonos de que nadie nos estuviera viendo, e ignoramos a las 18 vecinas cotillas que ya estaban contándoselo a la de al lado, le hicimos un gesto de aprobación a mi hermana que vigilaba desde fuera. 

Una vez dentro, había un muro de piedra de unos 2 metros de altura. Mi amiga me puso las manos, subí un pie y salte al otro lado. Claro saltar de un muro de dos metros puede hacer que te retuerzas un pie con gran facilidad. 

Una vez en el jardín de la casa, recogimos las pelotas y se las pasamos a mi hermana. 

Cuando conseguimos volver a acceder a la era, decidimos que en vez de saltar la valla por el lado principal, lo haríamos por el lateral. Ya teníamos estudiada la planta del lugar y nuestras cabezas pensantes empezaron a trazar recorridos. 
Me subí a la tapia pareciendo un gato andando sobre púas y pasé la pierna derecha. Me quedé unos segundos recuperando la estabilidad. Con la pierna derecha apoyada ya en el muro exterior, me dispuse a pasar la izquierda, con tan mala suerte que la derecha se me resbaló con unos musgos de la tapia y caí paralelamente al muro clavándoseme una cruz de Santiago debajo del pecho. 
GAME OVER.

Empecé a escuchar a Enya en mi cabeza. Ví unos campos de trigo y a mi misma acariciarlos con la mano. Después cerré los ojos y vi pasar una serie de recuerdos de esa semana. No es broma cuando la gente dice que ha visto pasar su vida en imágenes. 
Hombre, la vida entera no da tiempo, pero depende de la cantidad de tiempo que estés en la situación supongo que verás más o menos, el caso es que yo sólo vi lo que había hecho esa semana. 
Un empujón me sacó del trance. Mi amiga me había agarrado por detrás y me empujó hacia arriba sacándome la valla del cuerpo. 

Me caí al suelo y me levanté enseguida presionando mi mano contra las costillas. La camiseta estaba rasgada. 
A todo esto mi hermana vino corriendo hacia nosotras, averiguando que la puerta estaba abierta. Epic fail. 
En ese momento nadie era consciente de lo que había pasado excepto yo. Mi hermana y mi amiga me decían que les enseñara la herida. Yo les decía que no era nada, que solo me había raspado. En ese momento mi cerebro estaba en un proceso de negación. Yo había sentido perfectamente la valla entrar y salir de mi cuerpo, pero como no me dolía, quería creer que no había sido nada. 

Por fín, le enseñé a mi hermana la herida. Yo no podía verme porque mi ligera feminidad superior me lo impedía. 
Al ver que tenía un agujero, se escandalizó y llamó a mi padre bajo un desgarrador grito de "Papá, ven corriendo que Uxua se desangra". 
No hubo sangre en ningún momento. 

Mi padre me miró y me llevó corriendo a urgencias al pueblo de al lado. 
Allí, una simpática enfermera me atendió de una manera muy, como decirlo, profesional. 
Me tumbó en una camilla, me apretó la herida y sugirió unos punticos para cerrarla.

Cuando iba a proceder, se percató de que igual, solo igual, la herida era un poco más profunda y vio que salían burbujas. "Como crepita un poquito, puede ser que le haya pillado el pulmón, así que si puede llévela a Pamplona". ¡Un pulmón! Pensé. Matadme ya y acabad con esto. 

Me volví a subir al coche y mi padre me llevó a Pamplona. Todo el rato le decía que no me dolía. 
La madre de mi amiga es médico de urgencias y nos dijo que todo estaba preparado. Cuando llegamos, le dijimos al celador que yo era "la de la valla" y se llevó las manos a la cabeza. Me estaba esperando con una silla de ruedas y con todo un equipo de médicos expectantes y pude ver la decepción en su rostro cuando me vieron aparecer andando por mi propio pie. 

El cirujano que me atendió me dijo que ya no era una niña y que no me iba a tratar como tal. Me dijo que me tumbara en la camilla y  metió su dedo anular en la herida. Al sacarlo vi salir un chorro de sangre vertical, similar a las ballenas cuando respiran y expulsan el agua, pero con sangre. Mi padre estaba detrás del cirujano asomando la cabeza por encima de su hombro. Hizo una pequeña mueca al salir la sangre y el cirujano se percató de su presencia. "Lo siento, puede esperar fuera mientras le atendemos, no se preocupe". 
Cual fue mi sorpresa al oír la  respuesta de mi padre: "No, no. Tengo caballos y quiero aprender". 
El cirujano dejó escapar una sonrisa y yo fulminé a mi padre con la mirada y empece a escupir fuego.

Nos explicó que la adrenalina hace un efecto de anestesia cuando el cuerpo sufre heridas profundas, y que por eso no me dolía. Modo supervivencia ON. Podéis probar de vez en cuando, así sabréis que vuestro modo de supervivencia funciona, una especie de simulacro de colegio, debería ser obligatorio. Suena una sirena. ¡Niños a las vallas!

También nos dijo que la herida era más profunda que su dedo, pero que no me había dañado ningún órgano vital. La herida se había bloqueado por la piel hacia dentro y la sangre se había quedado acumulada. Cuanto más andaba, más sangre bombeaba y más sangraba en el interior de la herida. 

De repente aparecen dos enfermeras, una para ponerme la anestesia y otra para sujetarme la mano. 
Me recordó a un parto, así que decidí gritar mientras le apretaba la mano. No ayuda mucho la verdad. 
16 Puntos internos y 6 externos.  Cuando el cirujano estaba acabando de coser, se me empezó a pasar el efecto de la anestesia, y nadie me creía. Me decían que no podía ser. Yo cada vez sudaba más y le apretaba más la mano a la enfermera. Por fin acabó. Me llevaron en silla de ruedas hasta una habitación donde pasé el resto del día. 

Después me llevaron a casa donde pasé el resto del verano. La verdad es que no es verdad, me fui a Peñíscola con la misma amiga y su familia, pero no hice prácticamente nada. 

Volvamos a la historia del frontón...Un vecino francamente descontento con el desenlace de sus vistas, Murphy al acecho...Voy a dejar las conclusiones fantasmagóricas de venganza en vuestras manos. ¿Casualidad? No lo creo. Esa casa tenía una cuenta pendiente con mi familia. 

Porque acabó bien, pero si no, habría sido muy posible salir en ese programa de muertes terribles por actos estúpidos. 
Después de recordar la historia, dejé de pensar que eran idiotas. Y volví a hacer la maqueta.






2 comentarios:

  1. Te juro q me parto de risa con tus historias, mis vecinos deben de pensar ya q estoy loca porq me hecho unas carcajadas yo sola...jajaja. Lo mejor la frase de tu aita jajaja, q tio!

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  2. me alegro! de eso se trata!
    gracias por seguir el blog!

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